Nuestros Jardines
“Dios ha plantado un hermoso jardín. El ha edificado también la Iglesia. En medio de la Iglesia ha plantado el Verbo. La sociedad de los santos es semejante al Paraíso”
San Efrén, Himnos sobre el Paraíso, VI, 7-8.

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El jardín es una naturaleza humanizada. Con la noción de jardín se relacionan estados de ánimo y sensaciones típicas: la intimidad, la ausencia de miedo, la protección, el reposo, el gozo, la frescura. Ante todo el jardín existe en cuanto es una porción de tierra cerrada, separada del resto y que supone una intervención humana de quien se ocupa de plantar y cuidar.
En la simbología general, “el jardín es un símbolo del Paraíso terrestre, del Cosmos del que éste es el centro, del Paraíso celestial del que es figura, de los estados espirituales, que corresponden a los descansos paradisíacos”. (*)
La historia misma de la humanidad, en la representación imaginativa que el hombre bíblico supo hacer, comienza con la historia del jardín que Dios plantó en el Edén, al Oriente, para habitar en compañía del hombre. Así el jardín se convierte en el “lugar de la relación”. Pero el hombre rompe su relación con Dios, se esconde... el jardín queda vacío. Desde que Adán salió, el jardín plantado por Dios para ser lugar de encuentro y de comunión devino lugar de soledad.
Será Cristo quién, desde el jardín vacío de la relación perdida, ora al Padre e inicia el camino, su “Via Crucis”, que traerá la salvación al genero humano.
La Tradición cristiana supo ver un paralelismo por contraste entre las singulares circunstancias de la Creación y la caída de la primera pareja humana, y las circunstancias de la Pasión y la Nueva Creación realizadas por Cristo, el Segundo Adán; situadas ambas en un jardín.
El jardín es Cristo. La Iglesia también es llamada plantación, viña. María la Virgen Madre, figura de la Iglesia y modelo de humanidad redimida, es el jardín florido, el Paraíso.

En nuestro espacio físico parroquial contamos con un Jardín. Como el primer jardín, quiere ser lugar de encuentro con el Padre: ámbito de silencio, oración, escucha, propicio para la lectura y la meditación. Lugar de contemplación de los misterios de la vida del Hijo: el camino de la Pasión de Jesús – Via Cruscis- marca el sendero, el Señor es nuestro “camino, verdad y vida”. Lugar de la presencia del Espíritu: la fertilidad, el florecer de las distintas especies, los colores, el agua, todo nos pone entre el Cielo y la Tierra.
Una Gruta de piedra dedicada a Nuestra Señora completa y da nombre al jardín: “Los Jardines del Inmaculado Corazón de María”. A su corazón inmaculado confiamos nuestras vidas y las vidas de nuestros hijos después de cada Sacramento celebrado.
Emplazado al final del Via Crucis, recordándonos el Misterio de la Resurrección, se levanta un "cinerario": espacio físico -el primero de este tipo en la diócesis- cargado de simbolismo, para depositar las cenizas de los cuerpos de los hermanos de la comunidad que ya partieron a la casa del Padre; retomando así la antigua tradición de unir el cementerio con el templo.
También aquí las relaciones personales deben adquirir una riqueza y densidad nuevas: el jardín se convirtió en un lugar privilegiado para estar con los demás.

Se trata, en fin, de un espacio trascendente, que como el templo, nos congrega como lugar de culto, en fiestas litúrgicas importantes donde celebramos los misterios de nuestra fe en torno a la mesa de la Eucaristía.

*Chevalier J., “Jardín”, en Dictionnaire des Symboles, Laffont, Paris 1982, p. 531
 
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